DEJAVÚ

Conocía ese tipo de viaje que uno empieza al saber que tiene que hacerlo, uno acata las reglas y fluye, aunque no sepa por qué. Nunca es el mismo viaje, pero hay un principio que siempre se cumple, si uno está suficientemente atento, en algún momento puede tocar su oculto sentido, porque en la vida, como en los buenos espectáculos,  la expectativa y la anagnórisis cumplen un digno rol, ya sea para encender el alma o salpimentar las “comisuras de la memoria”.

Dejavú,  puerta derrama filo de luz. La ola de sentidos que arrastra es fragmentaria,  puede  replicarse a sí misma durante todo el viaje y ser la reina del instante sin fin, uno tiende a perderse entre lo que sabe y lo que no,  hay que saber y no en un solo gesto.

Tiene el dejavú fama de suceso místico, de algo que conecta con un “plan” creado por el alma en plena divinidad, hay quien lo llama mensaje de dios o soplo de ángel.  Aunque aquí parece lo contrario,  prefiero vaciar la descripción por no perder la trascendencia de la ola. Fijar el dejavú a propósito porta su propia negación; este desliz es solo un puente.

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