Pregunta la Gioconda

Gioconda se echa larga y flexible sobre el verde diván de su inconsciencia. Un sol de cine imprime rojos al paisaje y el vientecito noble del verano tardío es el autentico dueño de su cabeza. Un viento que olvida el tiempo enmarañando hilos, secuestrando lágrimas, sanos efectos del no pensar en nada, hasta que se estremece, salta y se incorpora, como si un papalote tirara de su plexo solar. Después del susto lo primero que surge en su cabeza, casi como un reto al viento, es la pregunta.

– ¿Que te asusta?

Pero esos trozos de paisaje que rabian al sol no saben nada. La pregunta queda flotando ante sus ojos y Gioconda se repite pensando en papalotes.
Está ya de pié, con la balanza calibrada, hemisferio derecho a la montaña, hemisferio izquierdo al mar. Vacaciones del pensamiento, Gioconda se acaricia los pechos hasta erizar y sonrosar las nubes. Parecen otra broma del viento esas nubes, peligrosamente cerca del agua.

Gioconda sabe que en el agua hay un espejo mágico, un dador de tesoros, secretos, un sin fin de posibles respuestas. Y allá va con su pregunta, ahora más reposada, pues valiente es quien lleva su pregunta más allá del susto inicial. Todo y no todo es simple.

Si bien es costumbre del mar premiar a los valientes, a veces también los toma y los disuelve en su salino vientre. Gioconda se mira en esa clase de espejo que da y toma en un solo gesto. Y suelta su pregunta, la remoja, deja que las olas la bailen un poco.

– ¿Qué te asusta?

Ella no puede verlo, pero al otro lado del mar, en un puerto de ciudad en ruinas, un hombre asustado escucha la pregunta, como si alguien susurrara pasión en su oído.
Cree que habla el mar, que ahora sí está loco, pero igual. Si supiera de Gioconda, de sus pechos al sol, de su pregunta como llamada de loba, si tocara la verdad, tal vez contestaría. No podría evitar sonreírle a ese susto que acaba por llevarlo tan lejos.

Así los dos, mar por medio, entran al refugio del silencio, esperando el segundo impacto, sin saber si hay que dar o recibir , que ya todo se ha vuelto la misma costumbre de mar. El hombre acaba por perder el tino y se defiende.

– Por si me estás hablando a mi, no voy a profundizar en el tema.

Gioconda se da cuenta que esa voz no es del mar. Tal vez el susto no era suyo ni la pregunta sólo para sí misma o las fuentes originales. Hay una voz que sorprende. Trae rastros de algas, una eyaculación en las calas de un puerto, algún puerto con ruinas, y noche que cuida de un hombre asustado. Gracioso, ella como un poeta antiguo “pregunta y espera la respuesta”, y alguien parece creer que esa pregunta le pertenece. Decide repetir, por si acaso era solo un desliz, otra broma del viento en su cabeza.

– ¿Qué te asusta?

El hombre que nunca ha oído la voz de mar, observa atentamente, maravillado ante una voz que se hace eco hasta tornarse real. Entonces repara en las luces de ciudad como hermanitas de la luna, balanceándose tras la estela de un barco, y entre brillos lacados, brutalmente efímeros, cree ver un rostro de perfil, juego casual, luces de instante. El rostro clarísimo de una mujer con sol.

Queda acechante, buscando a tientas, sentidos, deseos, gasas de ensueño, contenido como un tigre a punto de abalanzarse sobre el punto débil del cerco de cazadores. Y todo ahora es su corazón, la onda expansiva del latido le atraviesa y cruza las aguas con trozos enormes de respuesta. Gioconda abre los brazos y se apronta a recibir cada palabra, una por una.

– Esto no es lo que me asusta, los mas perceptivos se dan cuenta, me preguntan qué me pasa, el mas arriesgado me pregunta quien soy ahora… Tú eres mas sorprendente y entretenida que mi percepción…. Siento una inmensa, liquida y densa dulzura hablando contigo…

Las olas se encrespan y arrojan espuma en los labios de Gioconda, que ya no puede saber si es el mar o las aguas profundas de su vientre. Todo el océano es cómplice hasta límites invisibles. Alevoso y nocturno, imita la voz de Gioconda y pregunta al hombre

– Después de lo que asusta, ¿qué quieres?

El hombre, alerta a golpe de silencios, de espalda a la ciudad, apuesta su último toque de cordura mágica y escribe en un minúsculo papelito verde:

– Lo que mas quiero en este mundo es estar donde tú estás.

Gioconda sin preguntas, un mar en sí misma, hace recitaciones de agua..

Paisaje de ola sin timonel
Lo inmenso cristalino te amenaza
Con desconocer brújula, sol, estrella
Lo inmenso verdeazul
Que altera
El mapa de todas las cosas

Se levanta la reina potencia
Como una ola
Amiga mensajera de largo sueño

Ola de poeta
De pez preferido del poeta
Poeta doble pez que dijo
La ola es real
Mi fin es conocerla
Estar vivo como ella

El único instinto timonel es
Ese que entrega su rumbo a la ola
Cruza el antinaufragio

Y se inventa una isla

Y se tocan los labios, y se alcanzan las manos. Y la espuma convierte las estaciones en un calidoscopio gigante. Ahora da igual si la escena es de locos o valientes. La noche cede y por fin, deja partir al hombre que viaja en milagros, sabios cuidados de sal, antiguas profecías y decretos que dejan bien clara su dimensión boreal. Algo que se recrea, como el viento en la caja del tiempo.

Publicado 26th March 2007 por

Gioconda in time out. Fuente: freakingnews.com

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